domingo, 21 de junio de 2015

Los hombres pasan, los pueblos quedan

Los hombres pasan, los pueblos quedan
Aritz Recalde, junio 2015

Uno de los grandes desafíos de los gobiernos populares de Iberoamérica, es el de consolidar en el tiempo los logros alcanzados. Muchos programas de transformación política, vieron dificultados su continuidad con la desaparición física de los líderes. La Revolución Justicialista no fue lo mismo sin Juan Perón. El proceso de transformación política de Chile de Salvador Allende, fue único e irrepetible. Cuba sigue teniendo un gobierno con participación de Raúl Castro. La muerte de Néstor Kirchner y de Hugo Chávez, obligaron a los pueblos de Sudamérica a una compleja tarea de reorganización política y social. 
Frente a este dilema se puede caer en una solución simplista, proponiendo la desaparición de los ejecutivos fuertes. Tal cuestión suele ser impulsada por los intelectuales del liberalismo, que postulan una interpretación negativa sobre el rol del poder ejecutivo en la política. Es habitual que a la hora de analizar la política del siglo XIX,  denuncien el “caudillismo” y en el XX reiteren su cuestionamiento a los dirigentes que consideran “populistas”. Para algunos divulgadores de la ideología liberal, la función del poder ejecutivo es sustituida por consignas vacías como son la división de poderes, las instituciones o la república.
Los sectores populares se identifican con hombres concretos y no con consignas abstractas o armados políticos impersonales. Para el pueblo la soberanía reposa en el caudillo y en el dirigente sindical, partidario o social. Por eso no es casualidad que con el objetivo de debilitar al pueblo, los liberales impulsen una división de poderes “negativa”. Para el liberalismo los poderes judicial y el legislativo tienen que “controlar” al ejecutivo. Incluso, los medios de comunicación son conceptuados un “cuarto poder” de la sociedad civil, que también tiene que limitar a los intendentes, a los gobernadores o a los presidentes elegidos democráticamente.

Si negar la importancia de las figuras individuales en política, es innegable que cumplen un rol histórico finito y que su legado tiene que ser continuado y profundizado en el tiempo. Con esta finalidad, consideramos que hay tres actividades fundamentales que deben garantizar los programas políticos, si es que quieren trascender a los hombres:

-          Fortalecer la organización política.
-          Afianzar la conciencia y política y social del pueblo.
-          Avanzar en la institucionalización de los logros de la gestión.

La actividad política se desenvuelve como una disputa permanente de intereses económicos, territoriales o ideológicos. En paralelo a que un gobierno distribuye la riqueza para emancipar al pueblo, la oligarquía se organiza y resiste para conservar sus privilegios. Cada recurso nacionalizado y puesto al servicio de la mayoría, va a recibir  una reacción del poder trasnacional. Consideramos que sin una organización popular, los logros de un proceso político corren el riesgo de ser nuevamente un botín de la oligarquía. La organización tiene que atravesar todo el tejido social, cultural y político. Difícilmente un pueblo pueda alcanzar la justicia social sin sindicatos fuertes, sin organizaciones sociales movilizadas, sin ámbitos juveniles, sin agrupaciones empresarias, sin medios de comunicación o careciendo de frentes de intelectuales y artistas.  Si un proceso político tiene un conductor, pero no una organización que lo trascienda, será derrotado por las minorías de adentro y de afuera.

La organización popular va a depender del nivel de conciencia de un pueblo. La conciencia social no se adquiere solamente en los libros, sino que es el resultante de la emancipación material de una comunidad. El trabajador que alcanzó el derecho a la salud, a la educación o a una jubilación como resultante de un gobierno popular, tendrá más posibilidades de asumirla culturalmente como parte de una obligación del Estado, que si esa demanda se lee en una plataforma partidaria. La conciencia social se conforma como registro cultural histórico y se transmite de una generación a la otra. La conciencia política de un pueblo se profundiza en su ejercicio concreto en la administración del poder. Además, toda organización tiene la obligación de acompañar la formación doctrinaria de los dirigentes. En este contexto, juegan un rol importante los intelectuales que sistematizan la historia de las luchas populares y las reincorporan al espacio político como ideología revolucionaria. Un pueblo sin conciencia social de sus derechos y sin claridad política de su rol en la historia, puede ser derrotado por la oligarquía. Si los miembros de una comunidad nacional no tienen conciencia política, difícilmente puedan a organizarse.

Finalmente, los avances económicos y sociales de un proceso transformador deben institucionalizarse. De esta forma, las acciones de gobierno pueden consolidarse como política de Estado y pasar de una generación a la otra. La institucionalización de los programas sociales o económicos del nacionalismo popular, es un instrumento estratégico para desandar el marco jurídico de la oligarquía. No es casualidad que en las últimas décadas Venezuela, Bolivia y Ecuador impulsaron reformas constitucionales dotando al Estado y a las organizaciones libres del pueblo, de recursos económicos y políticos. La institucionalización de una política no es en sí mismo garantía de su continuidad, tal cual quedó demostrado con la derogación de la Constitución Argentina de 1949 por parte de la contrarrevolución de 1955. Su contrario también debe plantearse y es más fácil para las minorías recuperar sus privilegios, si los derechos del pueblo y de la nación no fueron institucionalizados.  

    



domingo, 7 de junio de 2015

El pragmatismo neoliberal, etapa superior del darwinismo


Aritz Recalde, junio 2015


“El hombre es lo que hace. Hay hombres que dicen muchas cosas, pero hacen otras. Hay una frase que lo resume: el que no es capaz de vivir como piensa, concluye pensando cómo vive”. Padre Hernán Benítez

Aseveró Charles Darwin que desde el origen de la aparición de las especies, estas evolucionan y sufren modificaciones permanentemente. Los seres vivos luchan por la existencia y se encuentran inmersos en una selección natural, que garantiza la supervivencia de los más aptos por sobre los débiles. Ese proceso de evolución, de adaptación y de cambio es lento y se ejerce en una lucha sórdida por la cual cada especie se esfuerza por aumentar su número. Las condiciones de vida pueden cambiar y con ella también los seres que logran mutar adaptándose al medio. La lucha por la supervivencia está caracterizada por la guerra en la naturaleza, el hambre y la muerte. Para Darwin y como resultado de este proceso, los seres vivos tenderían a la perfección y el progreso.
   
No fueron pocos los intelectuales liberales que postularon que la competencia del capitalismo, era asimilable a la selección natural. Resultado de la lucha por la supervivencia, los hombres más aptos van a triunfar en una tendencia natural y justa, hacia la evolución social.
Esta ideología de raíz darwinista, es la que moviliza a las corporaciones capitalistas y al pragmatismo político neoliberal. En la economía liberal el Estado tiene que mantener al hombre en su condición natural de competencia, ya que si el actor más débil (por ejemplo, las pymes o el obrero) sobrevive frente al más poderoso (capital europeo o norteamericano), se produciría una distorsión y la sociedad sería conducida a la decadencia. Los débiles al mando del Estado y de la economía, tarde o temprano, llevarían a la desaparición de la especie. El proteccionismo económico es una manera de suprimir la lucha por la supervivencia y los naturalmente débiles, ocuparían un lugar para el cual no están preparados.
Sectores de la clase dirigente de la Argentina, se manifestaron públicamente a favor de estas ideas económicas y políticas. Por ejemplo, Sarmiento convocó al exterminio de negros, de indios y de criollos por considerarlos razas inferiores. En su lugar, impulsó la inmigración blanca de EUA y de Europa. Alberdi quien compartió buena parte de esa noción, mencionó que “civilizar es poblar” y lo institucionalizó con la Constitución de 1853, que le daba derechos al europeo, en paralelo que el nativo era oprimido y asesinado. Había que trasplantar el blanco en América, para terminar con las razas consideradas débiles y bárbaras. No es casualidad por eso, que Sarmiento o Alberdi  favorecieron la ocupación militar del continente. Sentían, profundamente, que la raza fuerte europea tenía el derecho y la responsabilidad, de imponerse al débil bárbaro sudamericano.

En el terreno de la práctica política, el neoliberalismo postuló el pragmatismo llano de la lucha por la supervivencia. En su óptica, los partidos políticos tienen que formar parte de la lucha por la supervivencia, sin más causa o finalidad que la extensión de la vida de sus propios miembros. Es a partir de acá, que el activista no tiene moral, ética o doctrina alguna, más allá de su acumulación gregaria de poder (económico, militar o de género).
Para el pragmatismo neoliberal el principio y el fin que mueve toda actividad política, es perpetuarse en el cargo. Es por eso, que la ideología o la manifestación de casusas trascendentes, es solamente un discurso coyuntural o de campaña. El mismo dirigente puede apoyar un proyecto de país y al poco tiempo a su contrario, sin sentir contradicciones. Incluso, es necesario que lo haga ya que denota con esa acción una manifestación de su evolución. Cambian las condiciones de existencia internacionales y el dirigente se adapta para sobrevivir y con esa finalidad, puede destruir un país, empobrecer una clase social, perseguir una raza o silenciar una tradición étnica completa. Para el pragmatismo neoliberal, los debates intelectuales son una pérdida de tiempo y su lugar tienen que ocuparlo los comunicadores a sueldo, que reiteran las ideas que conviene en cada momento, sin importar lo que ocurra con ellas y si deterioran la soberanía nacional o social de un pueblo.  
En el pragmatismo neoliberal todos los dirigentes son, por definición, traidores, egoístas y oportunistas, ya que son movidos por el instinto y por la voluntad de poder. La posición contraria es una muestra de debilidad, que puede conducir a la expulsión de un dirigente de un partido por “idealismo”. Para el dirigente neoliberal el mejor aliado político es el idiota sin escrúpulos. No es casualidad por eso, que frente a la muerte de un mandatario neoliberal, quede un vacío y que abajo no existan condiciones para la alternancia. Es natural en una transición política neoliberal, que asuma el más siniestro y cruel de sus colaboradores, que al modo de un lobo, consiga erradicar a sus competidores.     
En un sector partidario del neoliberalismo, se difunde la pauta de que el político es como el cauce de los ríos: si no avanza se estanca y si se estanca se pudre, contaminando todo el ambiente que lo rodea. Al no existir lealtades, ni ideologías, ni proyecto colectivo alguno, es natural la guerra partidaria, las conspiraciones y las traiciones permanentes. La lealtad en la política neoliberal es una frase de salón, que se menciona sabiendo que la única nobleza que mantiene unidos a los hombres, es el mantenimiento y la reproducción del poder.
Atendiendo que la política es un medio para sobrevivir en la competencia capitalista (naturaleza), los partidos liberales acceden a las instituciones públicas para acumular riqueza individual y escapar a la muerte. El Estado liberal es un botín de los triunfadores de la batalla electoral y solamente distribuyen algún recurso público, al momento de construir opinión y ganar otra elección. El gobierno no tiene más finalidades trascendentes que permitir que las corporaciones capitalistas y que la clase política, acumulen poder.
La diferencia entre clase política, gobierno y Estado no existe y es habitual que solamente la muerte separe al dirigente del cargo. Los lugares del Estado son ocupados como resultado del acuerdo político y no importa la idoneidad de sus miembros o los objetivos de la institución. La planificación de las acciones del Estado es el mero resultante de la guerra política. En su óptica, la salud, la educación o el transporte de un país puede caer en manos de cualquiera, solamente es necesario conservar el cargo como resultado del pacto fundacional de la clase. El asesor de medios le dirá al dirigente qué postular frente a la sociedad y las corporaciones qué debe o no impulsar. No importa que la institución cumpla una función social o de utilidad nacional.   
La conducción política neoliberal administra los partidos e instituciones con el terror y aguzando la condición gregaria del hombre. En el liberalismo rige la pauta de “enemistar a tus subalternos para reinar eternamente”. El pragmatismo neoliberal destruye la organización para mandar individualmente. En la política neoliberal la actividad sexual vale más que muchas ideologías o lealtades.

A diferencia del mundo natural que explicó Charles Darwin, el hombre en su lucha por la supervivencia no progresa y no alcanza una situación de estabilidad con su ambiente. El humano es capaz de destruir el ecosistema en el cual vive y pese a tener abundancia de alimentos, mantener a la mayoría animal en la más profunda de las hambrunas. El hombre liberal a diferencia del animal, mata por negocios y no encuentra un límite a su acción depredadora, como podría ser la saciedad del hambre.
El pragmatismo neoliberal manejó el mundo alrededor de tres décadas. Los animales más fuertes fueron las corporaciones de los EUA y de Europa, que condujeron al sistema mundial a la debacle total. La economía, el medio ambiente, las instituciones o el empleo de la mayoría de los hombres, fueron destruidos desde fines de los años setenta. Muchos humanos perdieron en el siglo XX, los derechos por los cuales lucharon en el XIX. Incluso, no pocos países iniciaron el siglo XXI con niveles de atraso superados con anterioridad. La corrupción y la decadencia moral de la dirigencia neoliberal, llegó a la cabeza de presidentes y de organismos internacionales tan disímiles como el FMI, la FIFA o el Vaticano.
Para poder sobrevivir al neocolonialismo y al pragmatismo neoliberal, los pueblos conformaron una clase dirigente con vocación nacional y social. Contra el pragmatismo neoliberal que destruye y sepulta al hombre, se levantaron las ideologías, las religiones y las doctrinas nacionales y populares. En Sudamérica de fines del siglo XX, Hugo Chávez inició el camino de rencuentro de los animales individuos, con la humanidad y con la búsqueda de justicia. Ese camino lo continuaron las organizaciones libres del pueblo en la Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay o Ecuador. Ese cambio no se detiene en el mundo y al Vaticano anquilosado, le llegó su Papa Francisco.

Actualmente y frente a las presiones del capitalismo mundial, Iberoamérica se encuentra en una encrucijada. O los pueblos se organizan y elevan una dirigencia patriótica al mando del Estado y de la nación, o la clase política neoliberal y las corporaciones extranjeras, retrotraerán al hombre a su condición de esclavitud.